Verum. Justum. Pulchrum. (Verdadero, Justo y Hermoso)
Ionela limpiaba casas en Madrid. Al término de su jornada de trabajo, solía regresar directamente a su domicilio. Compartía vivienda con sus congéneres, unas habitaciones que siempre estaban ocupadas.
España se había convertido en un refugio para Ionela, que no echaba de menos su país. Su personalidad no encajaba con los suyos, aunque, para lo bueno y para lo malo, siempre podía contar con ellos.
Ionela había encontrado una casa muy buena en la calle Serrano. No tenía claro a qué se dedicaban los dueños, pero le pagaban en tiempo y forma.
Llegó, como siempre, al portal. Allí estaba el portero, que la acompañó hasta la entrada del domicilio. Frente a la puerta, cogió su manojo de llaves y le abrió.
Al entrar, Ionela se percató de que olía demasiado mal, como si algo estuviera descomponiéndose. Se dirigió hacia la cocina a grandes pasos. Había restos de comida esparcidos por el suelo.
—¿Qué ha pasado aquí?
El salón parecía una plantación de cacas. De forma instintiva, se tapó la nariz. Siguió el rastro de las heces hasta entrar en el despacho. Poli, el pastor alemán de los propietarios, apretaba con fuerza para aliviarse. Cuando obtuvo el bienestar que buscaba, regresó al salón con su parsimonia habitual.
Ionela abrió la ventana para oxigenarse con el aire fresco y cayó en cuenta de que había pisado algo. En efecto: era una caca. Primero se miró la suela del zapato y después comprobó con horror el destrozo que había hecho sin querer. La huella de su propio zapato estaba formando parte de la portada de lo que parecía un trabajo.
—¡No puede ser verdad! —Y se llevó las manos a la cara.
Cogió los papeles con la yema de los dedos, tratando de no marcharse. Las hojas no estaban sujetas dentro de la encuadernación y unas cuantas salieron volando por la ventana; otras se esparcieron por el suelo que estaba repleto de excrementos malolientes de textura diarreica. El destino quiso que las hojas cayeran encima de aquellas heces que asemejaban minas.