Verum. Justum. Pulchrum. (Verdadero, Justo y Hermoso)
¡Una rataaa…!, ¡una rata! —gritó mientras recorría las escaleras hasta llegar al portero.
—¡Qué dices!, ¿dónde?
—¡Te la enseño…! —dijo casi sin aliento.
El portero subió con la potencia de un cohete espacial. No se percató de que Ionela aprovechaba su despiste para ayudar a sus congéneres a entrar y ocultarse. Agazapados como felinos al acecho de su presa, el grupo esperaba a que les hiciera una señal. Desde las alturas, se agitó una mano como un sonajero. Subieron en fila, en completo silencio, con la misma profesionalidad que los marines. En el interior, cada uno se camufló como pudo con el mobiliario; unos con mayor éxito que otros.
Los deslucidos zapatos de Florín sobresalían entre los inmaculados sillones de color marfil.
Genoveva había olvidado cerrar las puertas del armario dejando a la vista medio cuerpo.
Mihaela optó por ocultarse tras una mampara de vidrio texturizado y su silueta parecía dar paso a un baile tan privado como peculiar.
Dumitru se perdió.
Ionela miró de soslayo lo que parecía una broma de mal gusto. La impresión penetró en los poros de su piel de forma brutal. Terminó por echar de malas maneras al portero.
—Ha sido mi imaginación. Seguro. Perdona. Es que las cacas me han dejado tonta. Perdona… —terminó de decir dando un portazo.
El portero permaneció unos segundos en silencio, «¡Qué carácter!», se dijo sorprendido.
Por unos instantes, reinó la calma. Fueron saliendo del escondrijo con la misma inocencia de los niños. Todos menos Dumitru, que se había deleitado con una visita turística por el piso. «Esto no se ve todos los días», iba diciéndose por el pasillo de acceso a las habitaciones.
—¡Vamos, Dumitru…! ¿Qué haces? — Ionela sacó el nervio que llevaba dentro.
El rumano regresó de su ensimismamiento.
—¡Ionela! —irrumpió Florín como si hubiera visto un fantasma.
—¿Qué pasa?
—Necesito fumar… Los nervios…
Ionela frunció el ceño, se subió las mangas de la camisa y dijo:
—¡Vamos a empezar de una vez!