Verum. Justum. Pulchrum. (Verdadero, Justo y Hermoso)
La misión consistía en restaurar de manera rigurosa los papeles que se habían manchado y volver a colocarlos en el mismo sitio del que habían salido. Ionela fue hacia la mesa, junto a la ventana, donde estaba su odisea: celulosa inofensiva, ordenada como una fila de niños obedientes esperando entrar al aula. Los cogió sin gana y se apresuró a sujetarlos con la mano derecha, como si sostuviera algo caliente que desease soltar cuanto antes. Los papelillos despedían un tufo algo diarreico, razón por la que pensó, mientras se sentaba en una silla, que lo mejor sería dejarlos sobre la mesa. Ella se encargaría de leer el contenido del texto y Mihaela pilotaría el teclado del portátil. Cambió de opinión rápidamente al percatarse de que sus colegas la imitarían como un acto reflejo. Se levantó de un brinco. Quería evitar a toda costa demasiadas confianzas, así que optó por quedarse de pie como un director de orquesta con una batuta de documentos malolientes.
A su derecha, Dumitru cotilleaba las fotos de las estanterías. A él no lo esperaba. «¿Por qué habrá venido?», se preguntó moviendo ligeramente los papeles como si se tratase de un abanico mal cogido. «Tiene que ser por esa furgoneta blanca de obra que circula de milagro», dijo para responderse. Florín parecía haberse quedado petrificado con un gesto estólido; era la versión grotesca del David de Miguel Ángel.
Genoveva se encargaría de la impresora. Le había pedido permiso a Ionela para lavarse las manos. «Tienen que estar impolutas», dijo hinchada de emoción al pronunciar la palabra aprendida de la radio horas antes. «Por fin la he dicho», murmuró para sí. Y forzó una sonrisa victoriosa que ninguno de los presentes llegó a entender.
Ionela buscó la atención de los presentes para comenzar su lectura.
—Dice así: Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (Verum. Justum. Pulchrum)…