Andrés Viñas es el pseudónimo con el que publico mis libros. Me consta que el hecho de que se trate de un nombre de varón despierta curiosidad porque, de hecho, no tiene sentido a estas alturas del momento social cambiar un género por otro para publicar. Ningún editor en su sano juicio le abriría puertas a una mujer que parece rehuir de su propia condición. Pero no es ese el sentido de esta acción mía. Lejos de ocultar o abandonar mi propio género, persigo este otro fin: ser insignia para ellas y alianza para ellos.
Me explico:
Lo que es natural parece haberse convertido en una guerra. Es natural —entendido como lo perteneciente o relativo a la naturaleza— que hombres y mujeres, mujeres y hombres, convivan en equilibro, es decir, en la mesura y sensatez de sus actos y juicios. En esa posibilidad de hacer y de conducirse con un sentido de mutuo cuidado implícito, se engloban los aspectos de la convivencia, desde las leyes hasta las mismas costumbres.
Y, sin embargo, no ocurre así en sentido estricto porque la manera pública de enfocar este aspecto se estructura dentro de patrones de conducta militar. Dice Sun Thu en el Arte de la Guerra: «Toda guerra se basa en el engaño. De esta manera, lo que es verdadero y lo que es apariencia se manipulan para obtener como resultado una confrontación indirecta». Se está entonces desvirtuando el juicio primigenio, la capacidad que tiene el ser humano de distinguir el bien del mal y lo verdadero de lo falso. Es el bombardeo que origina, como una lluvia de metralla, una versión parcial y sesgada de los géneros.
Aun así y pese a esa tendencia malversada, los hay que quieren dar una visión amplia del asunto; no obstante, se mantiene en un intento más de ofrecer una vía de salida o de aproximarse a una verdad general, que no absoluta. Virginia Woolf, por ejemplo, reflexionó en Una habitación propia: «De todos modos, cuando un tema se presta mucho a controversia —y cualquier cuestión relativa a los sexos es de este tipo— uno no puede esperar decir la verdad».
Somos capaces de diferenciar el bien del mal desde niños. Aunque elijamos saborear la esencia del mal y ladearnos de ella, sabemos determinar claramente cuando hacemos daño a alguien. Esto es así porque no somos puramente buenos o malos, como manifiesta el principio filosófico del yin y el yang, sino que dentro de lo malo hay algo bueno y viceversa.
No son muchos los estudios realizados sobre el lugar del hombre en el mundo ante la arrolladora trayectoria de la mujer. Hay hombres que no aceptan el cambio y se vuelven irascibles: creen que la mujer los quiere dominar. Otros no encuentran referentes, se consideran huérfanos y optan por ser meros observadores. Y los hay que han perdido su rol, que se sienten apartados o relegados al olvido, que no obstaculizan, pero tampoco aportan nada al clima de cambio. Es obvio que cada uno acarrea su duelo. Si no somos empáticos ni conscientes de que cada día nos acercamos más a la igualdad, ¿estaremos corriendo el riesgo de perpetuar los abusos de poder?
Las grandes mujeres innovadoras que se erigen como modelos a seguir pertenecen a los años setenta y ochenta del siglo pasado. Pero lo que nació entonces para modificar conductas injustas, está causando ahora daños colaterales a algunos de nuestros compañeros de viaje. Lo vemos en que, en paralelo a los movimientos feministas, han aumentado los movimientos de los varones, a cada cual más variopinto. Por ejemplo, el movimiento mitopoético y el fundamentalismo masculino. De modo que tenemos dos posiciones tan claras como encontradas que reclaman atención y cuidado si queremos evitar acciones cuyos efectos pueden ser indeseados. Y el campo de batalla es el día a día, cotidiano y aburrido, desmenuzado en situaciones destartaladas de hombres reivindicando lo suyo y mujeres reivindicando también lo suyo. Sin duda, hay una violencia soterrada en todo ello que aguarda la mínima excusa para saltar; y algo evidente: mientras cada grupo se dedica a defender la propia trinchera, no se rema en la misma dirección.
Para Sun Thu, «hay que permitir una vía sin obstaculizar cuando se entra en un terreno abierto, en el que cada uno de los oponentes disfruta de su propia libertad». Y esta vía de salida es el trabajo en equipo, colaborativo, cuidadoso y alejado de reproches. La igualdad no es sino la equivalencia de dos expresiones de vida que tienen como base fundamental el reconocimiento de los mismos derechos para todos los ciudadanos con independencia de su sexo.
Este mundo se manifiesta como una sala llena de espejos y nuestro reflejo es únicamente una de las múltiples imágenes que hemos ido formando a lo largo de la historia humana. En una de ellas está el día en el que un varón ayudó a una mujer a superar un obstáculo, y no como algo que aún esté por pasar, sino como algo que ocurre aún hoy.
Así hizo Andrés, salvarme de caer en el abismo. Mi pseudónimo es el modesto homenaje que le hago.
El empoderamiento tiene que ser compartido, amigas y amigos. Somos parte masculina y parte femenina, queramos verlo o no. Seamos, pues, capaces de encontrar la función colectiva y de vivir acorde a esas nuevas perspectivas. Entreguemos lo antiguo y ofrendémoslo en el altar de la reconciliación.
Quiero añadir, por último, otro dato: venimos de novelistas que se veían forzadas a cambiar su nombre de mujer por otro de varón para publicar sus obras; hecho que la sociedad biempensante aceptaba sin más; no solo no se oponía, sino que no lo cuestionaba siquiera. Pero ya es hora de evitar actitudes y comportamientos que perjudiquen la deseable armonía entre unos y otras, teniendo en cuenta que «el cuidado —como dice Leonardo Boff— pertenece a la estructura de la vida humana desde el mismo instante en que nacemos».
Por todo ello, dedico mi pseudónimo a las sin nombre, que son recordadas por su genialidad, pioneras de nuestro gran avance, y a los varones despiertos que representan nuestro complemento y que esperan ser reconocidos en equivalencia.
Bibliografía:
Sun Tzu, El Arte de La Guerra, Letra Minúscula, 2021.
Internet:
http://www.codajic.org/sites/www.codajic.org/files/Los%20hombres%20en%20el%20Feminismo.pdf