OTRAS OBRAS
Teatro
Textos teatrales de Andrés Viñas.
TEATRO
Devotio
Por Andrés Viñas
Es de noche en la montaña. Los lobos aúllan a la luna roja. La cabaña está alejada de la civilización, edificada en un llano de la ladera. Artai contempla la oscuridad, el espesor del bosque. No hay nadie. El joven regresa a la chimenea. Se desplaza en paseos cortos, acelerados, mientras musita palabras incomprensibles. Le acompaña el agradable calor de la hoguera bien alimentada, pero nada parece calmar su ansiedad. Vuelve sobre sus pasos y levanta la colcha que cubre un bulto sobre un lecho acolchado de pajas. Menea la cabeza y resopla. Lo deja como estaba. Se sienta en una de las sillas que hay junto a la mesa del comedor, en el salón pequeño, rústico, sin más adornos que las pócimas de su hermana Alana. Otra vez le parece oír el crujido de las hojas secas fuera de la cabaña y se acerca hasta la ventana. Ahora sí que es Alana que regresa de la espesura verde. Artai respira profundo ajustándose la túnica de lana azul, sujeta de un cinturón. La puerta de la cabaña se abre y asoma la sonrisa de Alana: la joven de tez suave, luminosa; el emblema del espíritu de la foresta. Su túnica es blanca, de lana y le cubre hasta los tobillos. Agarra un cuchillo ensangrentado del cinturón y deja un animal muerto sobre la mesa.
ARTAI: ¿Qué es esto?
Artai descubre el cuerpo convaleciente de un guerrero que a duras penas puede respirar.
ALANA: ¿Qué haces aquí, hermano?
ARTAI: Salvarte.
ALANA: (suelta una sonrisa burlona) Debes marcharte. Tengo que curar a este hombre.
ARTAI: No. Por eso estoy aquí. En la corte no paran de hablar de lo mismo. El rey ha muerto, y el cuerpo del guerrero no aparece. Todos creen que ha huido faltando a su juramento. (Se detiene unos instantes antes de continuar) Te han visto, mi querida Alana. El molinero. Me lo ha dicho solo a mí, de momento, pero… es cuestión de tiempo que todo el mundo se entere de tu error y aparezcan para llevárselo. He traído el carro. Yo lo portaré. No hay razón para meterse en problemas.
Alana se sienta frente a la lumbre y se deja seducir por el crepitar de las llamas. Artai se queda tras ella esperando una respuesta que llega sin esperar.
ALANA: No lo entiendes (Alana se estremece al recordar). La muerte, Artai, era dueña de la llanura. El silencio reinaba y las aves de rapiña comían a placer. Y, en medio del infierno, un gemido de vida. La vida se abría paso frente al final. Fui testigo de ello. Nadie sabe lo que ocurrirá a partir de ahora. Todo sucede por algo. Y algo es también lo que le aguarda a este hombre.
ARTAI: Vamos, mujer. No… En absoluto. Su destino era morir cuando murió el rey. Así lo juró.
Llaman a la puerta. Los hermanos cruzan miradas cómplices. Alana abre. Es una chica joven. Está embarazada. Tiene los carrillos enrojecidos y el corazón acelerado. Llega sola, cubierta con una capa oscura que apenas le deja entrever el rostro. Se detiene frente a Alana.
ATAENA: ¿Dónde está mi marido?
Alana la acompaña hasta el lecho y descubre el rostro de un joven blanquecino, fornido, de aspecto lamentable. Ataena se lanza sobre el cuerpo casi sin vida y lo abraza desesperada. Llora sin consuelo hasta que el convaleciente abre los ojos lentamente.
RETÓGENES: (sin apenas voz le susurra a su mujer al oído) Solo tú podías rescatarme de las llamas del infierno.
Ataena deja de llorar y besa a Retógenes con fuerza. Le besa las manos, se las lleva a la cara y vuelve a sollozar.
ATAENA: Estás vivo. Gracias a los dioses. ¡Gracias!
RETÓGENES: ¿Dónde me encuentro? ¿Qué ha pasado?
ATAENA: El rey ha muerto. Te están buscando.
Retógenes se incorpora como puede. Acaricia con ternura la oronda barriga de su mujer.
RETÓGENES: ¿Dónde está mi espada?
Alana coge un arma envuelta en paños del mueble más alto del salón y se lo acerca al convaleciente. Retógenes lo abre y se lo entrega a Ataena.
ALANA: Podéis marcharos de aquí. Haremos como si no os hubiéramos visto.
ARTAI: ¿Qué dices, insensata?
ALANA: El niño o la niña vivirá sin su padre. Mentiremos para que viváis juntos lejos de aquí.
Retógenes coloca una mano sobre la mejilla de su mujer. Tiene los ojos llenos de lágrimas. Algunas caen.
RETÓGENES: Los dioses me han dado un maravilloso regalo. Nadie puede ser más afortunado que yo en estos momentos (mira a Alana cuyo rostro ha palidecido de repente y luego sigue hablando). Quien rompe un juramento rompe el hilo que lo une a la verdadera vida. (Se gira y mira a su mujer mientras sonríe) No te preocupes, mi amor. Todo está bien.
Retógenes empuña la espada y se la clava en el corazón. Todos apartan la mirada salvo Ataena, que lo acompaña hasta que el brillo de los ojos desaparece. Llora unos instantes más y después se levanta con aplomo. Se acerca hasta Artai y lo abraza. Después se acerca hasta Alana y hace lo mismo. Alana tiene los ojos llenos de lágrimas.
ALANA: No lo entiendo. Podríais haber sido felices en esta vida. Juntos.
ATAENA: Te doy las gracias. He podido despedirme por última vez. Serás la heroína en los cantos y leyendas. Los dioses te han traído para darnos esta bendición. Nunca lo olvidaré.
Ataena se dirige hasta la puerta de salida y regresa. Se detiene unos instantes y le entrega a Alana su colgante de oro.
ATAENA: Es mejor habitar el recuerdo de nuestro esplendor que naufragar en las tormentas del desatino. Mis criados se encargarán de recoger el cuerpo y ayudarte con la limpieza.
ARTAI: Hermana, me voy ya. Los dioses se han apiadado de nosotros. Somos afortunados.
Artai le propina un beso en la frente a su hermana y se marcha. Alana se queda sola. Se acerca al cadáver. Le cierra los ojos y cubre el cuerpo inmóvil. Se aproxima a la chimenea, hipnotizada por las llamas. Toca el colgante de oro con engarce de esmeralda. Le habla como si tuviera delante a la mismísima divinidad.
ALANA: Quise ayudar. Me debo a la vida, no a la muerte. Pero… tal vez hay vidas que no quieren ser salvadas, porque ya están entregadas a algo más grande que ellas. Y tal vez, solo tal vez… es mejor morir por lo que uno cree, que vivir traicionando lo que le da sentido.
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