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POR ENTREGAS

Relato actual: Dialéctica entre hermanos

 

Andrés Viñas. Blog. Historias. Relatos

POR ENTREGAS

Dialéctica entre hermanos

Verum. Justum. Pulchrum. (Verdadero, Justo y Hermoso)

Por Andrés Viñas | Dialéctica entre hermanos

 

Ionela limpiaba casas en Madrid. Al término de su jornada de trabajo, solía regresar directamente a su domicilio. Compartía vivienda con sus congéneres, unas habitaciones que siempre estaban ocupadas.

España se había convertido en un refugio para Ionela, que no echaba de menos su país. Su personalidad no encajaba con los suyos, aunque, para lo bueno y para lo malo, siempre podía contar con ellos.

Ionela había encontrado una casa muy buena en la calle Serrano. No tenía claro a qué se dedicaban los dueños, pero le pagaban en tiempo y forma.

Llegó, como siempre, al portal. Allí estaba el portero, que la acompañó hasta la entrada del domicilio. Frente a la puerta, cogió su manojo de llaves y le abrió.

Al entrar, Ionela se percató de que olía demasiado mal, como si algo estuviera descomponiéndose. Se dirigió hacia la cocina a grandes pasos. Había restos de comida esparcidos por el suelo.

—¿Qué ha pasado aquí?

El salón parecía una plantación de cacas. De forma instintiva, se tapó la nariz. Siguió el rastro de las heces hasta entrar en el despacho. Poli, el pastor alemán de los propietarios, apretaba con fuerza para aliviarse. Cuando obtuvo el bienestar que buscaba, regresó al salón con su parsimonia habitual.

Ionela abrió la ventana para oxigenarse con el aire fresco y cayó en cuenta de que había pisado algo. En efecto: era una caca. Primero se miró la suela del zapato y después comprobó con horror el destrozo que había hecho sin querer. La huella de su propio zapato estaba formando parte de la portada de lo que parecía un trabajo.

—¡No puede ser verdad! —Y se llevó las manos a la cara.

Cogió los papeles con la yema de los dedos, tratando de no marcharse. Las hojas no estaban sujetas dentro de la encuadernación y unas cuantas salieron volando por la ventana; otras se esparcieron por el suelo que estaba repleto de excrementos malolientes de textura diarreica. El destino quiso que las hojas cayeran encima de aquellas heces que asemejaban minas.

Ionela llamó por teléfono a Florín, uno de sus compañeros de piso. Estaba durmiendo; había pasado la noche trabajando. Le respondió con voz de ultratumba. Ionela apenas podía hablar, pero entre sollozos consiguió decirle que, si no arreglaba de alguna manera el percance, perdería su empleo. Al oír aquello, Florín pareció resucitar.

—Allí estaremos.

—No podréis pasar.

—Tendrás que inventarte algo…

—En media hora, aquí.

—Necesito más tiempo.

—En una hora, máximo.

—Vale, fiera…

Ionela se puso en contacto con los dueños de la casa. Les explicó que el perro había sufrido un episodio de evacuación intestinal severa y que tendría que quedarse más tiempo hasta limpiar todo el destrozo. Poli era como un hijo, así que, en diez minutos se plantó en la puerta un familiar para hacerse cargo de él. De un plumazo, Ionela consiguió sacar al perro de la ecuación. Bajó hasta el patio interior de la comunidad; allí estaban las hojas, esparcidas por el suelo. Las recogió una a una y subió a toda velocidad.

Antes de que lo recogieran, Poli fue dejando unos cuantos suculentos regalos por varias habitaciones más. Lejos de caer en desánimo, Ionela respiró hondo, cargó pilas y se puso a limpiar como nunca lo había hecho.

Los rumanos llegaron a la hora, ni un minuto más ni uno menos. Ionela se asomó a la calle por una de las ventanas: Florín, Mihaela, Dumitru y Genoveva esperaban una señal para entrar. Era el momento de poner en práctica lo único que se le había ocurrido.

¡Una rataaa…!, ¡una rata! —gritó mientras recorría las escaleras hasta llegar al portero.

—¡Qué dices!, ¿dónde?

—¡Te la enseño…! —dijo casi sin aliento.

El portero subió con la potencia de un cohete espacial. No se percató de que Ionela aprovechaba su despiste para ayudar a sus congéneres a entrar y ocultarse. Agazapados como felinos al acecho de su presa, el grupo esperaba a que les hiciera una señal. Desde las alturas, se agitó una mano como un sonajero. Subieron en fila, en completo silencio, con la misma profesionalidad que los marines. En el interior, cada uno se camufló como pudo con el mobiliario; unos con mayor éxito que otros.

Los deslucidos zapatos de Florín sobresalían entre los inmaculados sillones de color marfil.

Genoveva había olvidado cerrar las puertas del armario dejando a la vista medio cuerpo.

Mihaela optó por ocultarse tras una mampara de vidrio texturizado y su silueta parecía dar paso a un baile tan privado como peculiar.

Dumitru se perdió.

Ionela miró de soslayo lo que parecía una broma de mal gusto. La impresión penetró en los poros de su piel de forma brutal. Terminó por echar de malas maneras al portero.

—Ha sido mi imaginación. Seguro. Perdona. Es que las cacas me han dejado tonta. Perdona… —terminó de decir dando un portazo.

El portero permaneció unos segundos en silencio, «¡Qué carácter!», se dijo sorprendido.

Por unos instantes, reinó la calma. Fueron saliendo del escondrijo con la misma inocencia de los niños. Todos menos Dumitru, que se había deleitado con una visita turística por el piso. «Esto no se ve todos los días», iba diciéndose por el pasillo de acceso a las habitaciones.

—¡Vamos, Dumitru…! ¿Qué haces? — Ionela sacó el nervio que llevaba dentro.

El rumano regresó de su ensimismamiento.

—¡Ionela! —irrumpió Florín como si hubiera visto un fantasma.

—¿Qué pasa?

—Necesito fumar… Los nervios…

Ionela frunció el ceño, se subió las mangas de la camisa y dijo:

—¡Vamos a empezar de una vez!

​La misión consistía en restaurar de manera rigurosa los papeles que se habían manchado y volver a colocarlos en el mismo sitio del que habían salido. Ionela fue hacia la mesa, junto a la ventana, donde estaba su odisea: celulosa inofensiva, ordenada como una fila de niños obedientes esperando entrar al aula. Los cogió sin gana y se apresuró a sujetarlos con la mano derecha, como si sostuviera algo caliente que desease soltar cuanto antes. Los papelillos despedían un tufo algo diarreico, razón por la que pensó, mientras se sentaba en una silla, que lo mejor sería dejarlos sobre la mesa. Ella se encargaría de leer el contenido del texto y Mihaela pilotaría el teclado del portátil. Cambió de opinión rápidamente al percatarse de que sus colegas la imitarían como un acto reflejo. Se levantó de un brinco. Quería evitar a toda costa demasiadas confianzas, así que optó por quedarse de pie como un director de orquesta con una batuta de documentos malolientes.

A su derecha, Dumitru cotilleaba las fotos de las estanterías. A él no lo esperaba. «¿Por qué habrá venido?», se preguntó moviendo ligeramente los papeles como si se tratase de un abanico mal cogido. «Tiene que ser por esa furgoneta blanca de obra que circula de milagro», dijo para responderse. Florín parecía haberse quedado petrificado con un gesto estólido; era la versión grotesca del David de Miguel Ángel.

Genoveva se encargaría de la impresora. Le había pedido permiso a Ionela para lavarse las manos. «Tienen que estar impolutas», dijo hinchada de emoción al pronunciar la palabra aprendida de la radio horas antes. «Por fin la he dicho», murmuró para sí. Y forzó una sonrisa victoriosa que ninguno de los presentes llegó a entender.

Ionela buscó la atención de los presentes para comenzar su lectura.

—Dice así: Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (Verum. Justum. Pulchrum)

Dumitu dejó de enredar con lo ajeno y se quedó petrificado por el titulillo. «De la realeza —se dijo recuperando su mezquina expresión—, por eso hay tanto glamur aquí».

Genoveva, en sus ansias por conocer más palabras y cultura española, preguntó a sus compatriotas sin otro deseo que saciar su curiosidad: «¿Qué es eso de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas?».

Ninguno de los presentes sabía la respuesta y se miraron contrariados. Era la típica situación en la que todos tenían la misma duda, pero ninguno deseaba evidenciarla y quedar frente al otro como un ignorante. Pero Mihaela rompió el cruce de miradas liberando a los presentes del compromiso: «Lo miro ahora mismo en Internet», se adelantó. Sacó su teléfono móvil y ni siquiera tuvo que poner el nombre completo en el buscador.

—Aquí dice que su nacimiento data del Real Decreto firmado por Isabel II el 30 de septiembre de 1857 que le encomienda «cultivar las ciencias políticas y morales».

—¡La del agua! —señaló Florín, como si hubiera encontrado el nexo de unión trascendental de la conversación.

Los rumanos se quedaron pensativos; no tenían mucha idea de la política española. Si bien sabían de un tal Franco que había estado cuarenta años en el poder, ellos habían entrado ilegalmente en el país y sin necesidad de otra documentación que no fuera su carta de identidad rumana. No sabían de historia ni de política española ni era algo que hubieran buscado por interés propio. Pero en tal circunstancia les surgió un deseo incesante de investigación, como al detective que recopila pruebas para dar con la verdad de los acontecimientos. Incluso Dumitru, en uno de esos pensamientos locos de la mente, pensó que se trataba de la actual reina Isabel de Inglaterra. Cuando cayó en la cuenta de que por el año que se mencionaba era imposible tal cosa, volvió a centrarse en la conversación de sus congéneres.

Ionela continuó leyendo en alto: La quinta dimensión en la política.

—Este es el título, Mihaela. Debajo tienes que poner lo siguiente: «Discurso de ingreso como académico correspondiente a…».

Ionela se detuvo en seco. No quería dar los datos personales de su jefe. Estaba claro que tenía que ser lo más prudente del mundo, así que se acercó al oído de Mihaela para susurrárselo. El resto estaba a sus cosas y no prestó atención al vacío creado por Ionela. Al acabar, volvió a colocarse en el mismo sitio. Levantó la cabeza para seguir leyendo lo que tenía a la altura de la vista.

—Señor presidente, damas y caballeros académicos… —dijo continuando con lo que había dejado—. Esto va en mayúscula, Mihaela.

—¿Con quién hablas, Ionela? —preguntó Dumitru que se había perdido entre las cortinas de una de las ventanas. Estaba contrariado.

—¿Con quién voy a hablar? ¡Con nadie! Estoy leyendo el encabezado del trabajo que ha marcado el perro con su caca. ¿Qué crees que hago?, ¿presentarme a la realeza en esta sala?

El comentario había sonado un poco despectivo, como si ellos no fueran lo bastante buenos o no estuvieran a la misma altura que los de la realeza.

—Estoy molesta, Ionela. No sé bien por qué. En cuanto encuentre las palabras, te lo digo.

—No entiendo que te molestes, Mihaela. Las clases sociales son distintas; vamos, que nosotros no somos realeza. Yo no me he ofendido, Io —dijo Florín mientras echaba un vistazo a una revista de prensa rosa que había cogido de debajo de una de las mesitas del salón.

Ionela hizo un gesto para continuar. Fue seguido por Mihaela, que creía haber hablado de más. Pero Genoveva seguía con el runrún en la cabeza.

—La política no está al servicio de nosotros. Es una obligación —dijo sin querer mientras se ruborizaba, tal vez porque recordó su pasado.

Ionela la miró incrédula. Esperaba que nadie hiciera caso al comentario. Mihaela estaba atenta al teclado sin interés por participar. Dumitru no abrió la boca; tenía un gesto gélido, indiferente. Pero Florín desprendía determinación. Eso hizo que Ionela se quedara fija en él con el deseo de que no dijera nada. No sirvió para que allí mismo arrojara su duda.

—¿Qué es la política? —preguntó inocente.

Mihaela bajó los brazos con desesperación. Los rumanos se miraban entre sí para no contestar. En medio de la indecisión, Mihaela volvió a sacar su móvil.

—Dice que es la ciencia que trata del gobierno y la organización de las sociedades humanas, especialmente de los estados. También dice que es la actividad de los que gobiernan o aspiran a gobernar los asuntos que afectan a la sociedad o a un país. Ya está.

—¡Qué definición más poco…, no sé cómo decirlo, más poco general! —dijo Florín—. Esperaba algo distinto. No dice nada. Algo de gobernar y organizar a la sociedad. La política es todo lo que tenemos —resaltó mientras se tocaba la yema de los dedos—. Para mí es el trabajo, la educación, la comida… Todo eso.

—Pero si te dice en la definición «la sociedad humana», es porque trata todos esos temas. No te enfades Florín —le pidió Mihaela.

—Pues a mí me encanta —respondió Dumitru mientras hacía un pase.

—¿El qué? —preguntó Florín dándose la vuelta para observarlo.

—Eso, que se haga una política para la población, para la humanidad, para todos. El bien común. Aquí se está bien. Te dejan hacer cosas.

—Lo dices como si fuéramos títeres libres. ¿Quién nos tiene que dejar hacer algo? Somos libres. —Ionela empezaba a perderse en el debate.

—Sí. Pero si llega otra cosa de política, allá que se te va la libertad. Está dentro de la definición. Es como si fuera una cosa neutra que coge lo bueno y lo malo. Por eso es una definición general que no dice y dice. Y me pone nervioso. Porque yo quiero saber las cosas seguras. Esto aquí, lo otro allí; y me gusta andar en piso firme. No en el «todo vale». Para eso, me vuelvo.

—¿A dónde? —preguntó Genoveva, que no había perdido palabra de las pronunciadas por Florín.

—A casa. Si cambia la cosa, no me quieras ver por aquí. —Y cruzó las piernas como esperando algo.

—Yo tampoco me quedo aquí —respondió Mihaela.

—Bien. Nos vamos todos. Pero, ahora, estamos a lo que estamos.

Ionela continuó leyendo: «El ser humano comienza su andadura con un sistema social igualitario. Los pocos grupos pertenecían a un mismo clan y se repartían en amplias extensiones de terreno».

—Ah, qué pena… Las tierras y la casa en Rumanía… —Florín suspiró.

—No te pongas así —dijo Mihaela.

—Las cosas tienen su propio destino —comentó melancólico.

—¿Por qué os ponéis tristes? No nos podemos quejar. ¡Venga, tenemos trabajo, estamos juntos… hay libertad y democracia! —Ionela no comparte la nostalgia empalagosa de los demás, echa de menos a sus padres, que son irremplazables, y poco más.

—Democracia y un rey muy guapo —dice Genoveva convencida.

—Un rey. A lo mejor, me ha venido la idea de repente: se estaba mejor cuando éramos iguales —dice Dumitru mientras coge un álbum de fotos de la estantería—. ¿Puedo ver esto, Ionela?

—No. Déjalo en su sitio.

—Yo creo que todo este rollo de la política tiene como fin hacerse rico. Lo entiendo. Echad un vistazo a la casa. El lujo y tener cosas bonitas te hace sentir bien por dentro.

Los cuatro hicieron una pausa y contemplaron el salón: las cortinas impolutas, el brillante suelo de porcelana crema marfil, los almohadones mullidos de pluma de oca, el inmenso espacio entre el mobiliario.

—¿Cómo sería un mundo en el que solo hubiera ricos? —preguntó Mihaela.

—Eso es imposible —respondió sin demora Florín.

—¿Por qué?

—Porque los ricos no sirven a los ricos. Los pobres sirven a los ricos. Sin pobres, no hay ricos.

—Entonces, ¿tenemos que ser todos pobres para no servir a nadie? —añadió Dumitru.

—Todos sin dinero —saltó Genoveva.

—¡No fastidies! —respondió Ionela—. Dejaos de chorradas.

—¿Chorradas? —Dumitru, de mala gana, dejó el álbum de fotos en el mismo sitio.

—Me encantaría tener mucho dinero —dijo Mihaela.

—¡Ya empezamos con el tostón! —Ionela se llevó la mano a la frente.

—Yo sueño con ganar el Euromillón cada noche. Me compraría un yate y visitaría todos los países del mundo —continuó diciendo Mihaela.

—¿Quién te llevaría el yate? No creo que tu novio.

Mihaela clavó una mirada asesina en Dumitru.

—Siempre buscas, ahí… Darle… ahí —añadió mientras hacía el gesto de atornillar—. Evidentemente, me compro el yate y me compro al conductor; y a ti, para que me lleves las maletas.

—No me contratarías porque tengo dignidad y diría que no.

—Pues mi dinero sería tan bueno como el del jefe de Ionela. ¿O qué?, ¿porque soy yo mi dinero vale menos? ¡Estúpido! Ahora te hace la comida la novia esa fea que tienes.

—No es fea y no es mi novia.

—Ya, pues a esa le cuentas. Será posible…

Dumitru pareció menguar.

—No puedes quitarme tu Sarmale. Tú me contratas y te llevo lo que haga falta. Mejor, lo hago gratis y así no pierdes dinero. Soy un bocazas, perdóname. Mira, me quedo sentado y callado. No hablaré hasta que nos marchemos.
Mihaela lo miró de reojo. Desde que entró en la casa se siente la última mona. Ionela quiso continuar.

—No puedo, Ionela, espera. ¿De verdad que si tuviera dinero no lo cogerías por ser yo? Es que no puedo seguir, me siento fatal; esto es un desprecio.

Dumitru aguantó la respiración. Genoveva intervino.

—Ha dicho que no hablaría hasta marcharse y ya sabes que es un cabezón de los gordos.

—Pues me contesta ahora o no sigo.

—¿Qué? —Ionela estrujó los papeles de la mano—. Noooo…

—Esta conversación es de idiotas. —Ionela observó angustiada que Mihaela se había enfadado con su comentario—. No entiendo nada. ¿Qué está pasando? ¡Florín!, ¡ayuda!

—¿Qué? Esto es mejor que la tele.

Ionela rompió a llorar y se abrazó a Genoveva.

—Dinero, dinero el que voy a perder cuando me despidan.

Como si le hubiera entrado una corriente de alto voltaje, Florín, se levantó con la energía de un tornado.

—Se acabó la fiesta tonta. ¡A trabajar!

Mihaela se colocó en su puesto, Dumitru ni se movió y Ionela se limpió las lágrimas para continuar dictando el texto: «Cazaban para sobrevivir y la madre Naturaleza les aportaba confianza, protección. Después, con la agricultura, la ganadería y los asentamientos al aire libre, se dio paso a una larga carrera por dominarla, como si esa misma Naturaleza hubiera pasado a ser una enemiga. El ser humano quiso apropiarse del entorno a través de la tecnología y el arte. El éxito de tal hazaña vino a ser fuente de prestigio, poder individual y grupal».

—El poder del Real Madrid en la Champions. We are the Champions…

Florín y Dumitru se cogieron para bailar.

—¡Shhh!, ¡silencio!, que no oigo.

Ionela salió del estado de estupefacción para proseguir: «Se buscaba sortear los grandes los obstáculos que desembocaban en la pobreza, como el aumento demográfico. Y se buscaba superar los conflictos generados por el aprovisionamiento de alimentos. La violencia existía, prueba de ello lo tenemos en la sepultura colectiva entre las casas del poblado de Talheim, en Alemania, en donde se hallaron los cadáveres de 34 individuos, 18 adultos y 16 niños. Fueron asesinados a golpes propinados con azadas pulimentadas y flechas. Las heridas infligidas en la parte trasera indican que se trató de ejecuciones en toda regla. Los homicidas eran campesinos y las víctimas pertenecían a un mismo grupo de unas pocas familias».

—¡Ah! —Genoveva parecía a punto de desplomarse.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó aburrida Ionela.

—Los niños… muertos.

—No te sofoques, mujer. Que hace mucho tiempo de esto —dijo Mihaela pretendiendo tranquilizarla.

—Que toquen lo que quieran, pero no los niños.

Ionela prosiguió leyendo como si estuviera en un concurso de lectura a la carrera: «La sociedad se volvió más compleja. Causa extrañeza que los cambios provocados no dieran paso a la aparición de un estado. El nuevo modelo político democrático tuvo que llegar a la Península Ibérica cuando fue invadida por los romanos».

—¿Cuánto queda, Ionela? Me hago pis.

—Aguanta, que ya queda menos.

—Déjame ir al baño.

—No. Ya lo he limpiado.

—Pobrecillo. Que se ha portado muy bien contigo —dijo Mihaela.

Ionela se ruborizó e hizo un gesto para que Florín la siguiera. Dumitru aprovechó para sacar el álbum de fotos y cotillear.

—Qué elegantes son los de esta casa —dijo asombrado.

Ionela regresó con Florin, más aliviado. Se percató de que Dumitru había vuelto a las andadas, pero hizo caso omiso. Sin decir nada, procedió con la lectura: «La organización social desigual se materializó. El poder y la soberanía del estado, apoyados en la fuerza legislativa y violenta, se ejercieron para mantener el orden social y legal. ¿El ser humano debe ser controlado como un rebaño de ovejas? Las nuevas teorías físicas explicarían la existencia de una partícula que formaría la quinta dimensión. Esta partícula sería el punto de unión entre la materia visible y la oscura, entre los medios cósmicos de luz y oscuridad. Serán los cimientos de nuevas teorías que expliquen las dimensiones extras con fermiones. ¿Cómo aplicar esto a la nueva política? Esta quinta dimensión puede encontrarse dentro de los seres humanos, en la búsqueda interior del bien y el mal. Los nuevos descubrimientos tecnológicos capacitarán a las generaciones futuras para crear un sistema político diferente al actual. No se tendrá que controlar desde el exterior, sino desde el interior. Un nuevo sistema político a nivel mundial desconocido hasta ahora».

—¡Qué alegría!, ¡hemos acabado! ¡Genoveva!, dame las hojas, que voy a ponerlas en el cuaderno.

Ionela sustituyó lo que había sido defecado. Se dio la vuelta y examinó a sus compatriotas que reflexionaban sobre lo que acababan de oír. Por las caras, sospechó que aquello iba a continuar.

—¿Qué sistema político será ese? —preguntó Genoveva.

—No lo sé. Algo de controlarnos desde dentro a cada uno de nosotros. Un chip o algo así, porque dice algo de la tecnología. —Florín no se movió del asiento.

—Da igual, ¿qué más da? Hemos acabado, os podéis marchar. Mejor dicho, tenéis que iros; los señores no tardarán en estar por aquí y tengo que acabar de recoger. No se debe notar vuestra presencia.

—¿Qué pasaría si nos metieran el chip?, ¿seríamos robots?

Dumitru se echó a reír a carcajadas. Miró a Genoveva, que tenía los ojos muy abiertos.

—Te aseguro que no va a cambiar nada. ¡Qué boba eres!

Genoveva agachó la cabeza avergonzada.

—Por un momento creí…

—Por un instante, me he visto con un código de barras en la muñeca —respondió Mihaela dirigiéndose a Dumitru.

—Pues yo lo veo de otra manera. —Florín se levantó—. Para mí que están tanteando a ver qué pueden hacernos. Es una idea tan buena como cualquier otra, pero no creo que lo puedan hacer. Tranquila, Genoveva, que Dumitru tiene razón.
Genoveva cogió aire más despacio y se relajó.

—Opino igual. No hay por qué asustarse; además, falta leer el resto del trabajo. Era solo el principio. Vete tú a saber qué dice el resto.

Genoveva pareció no quedarse conforme.

—¿Podemos leer el final?

—Ni de broma. No insistas. Nos tenemos que ir.

Ante la contundencia de las palabras de Ionela, cada uno se puso a recoger lo que había traído.

—Me lo he pasado bien —dijo.

—Yo también. Hacía mucho que no quedábamos… Como si nos tuvieras manía.

—¿Qué?

—Sí, prefieres irte con tu vecina española antes que conmigo. No soy idiota.

Genoveva se enfadó y cruzó los brazos. En el fondo, Ionela sabía que decía la verdad.

—A partir de ahora, os ofrezco mi casa para hablar los jueves, ¿os parece?

La miraron incrédulos, pero aceptaron. Ionela era consciente del esfuerzo que habían hecho por ayudarla.

—¿Nos damos un abrazo?

Les cayó bien el ofrecimiento de Genoveva y lo hicieron en grupo. No llevaban ni dos segundos, cuando Ionela exclamó malhumorada.

—¡Lo sabía!

—¿El qué?

—Deja la foto en su sitio.

—Es de recuerdo… Esta chica es muy guapa. La tienen repetida. ¿Qué más te da? Si no se van a dar cuenta.

El resto lo miró con total desaprobación.

—No lo tengas en cuenta, Ionela. Es que el chico es tonto y nada más. Bueno pero tonto.

Dumitru se acercó hasta el álbum y depositó la fotografía.

—¿Te llevas algo más?

—No. Lo juro. Regístrame.

Ionela frunció el ceño y lo dejó estar.

—¿Cómo salimos? —preguntó Florín.

—Pues como hemos entrado. Escondeos, que aviso al portero.

—¿De qué?

—De la rata, Genoveva, de la rata.

—Ah, sí, de la rata.

Ionela fue con la cantinela al portero. Lo pilló viendo la televisión.

—¡Otra vez!

—¡Sí!

En esta ocasión el portero subió un palo de fregona. Asaltó la cocina con la intención de matar. Los rumanos aprovecharon para marcharse. Lo hicieron en silencio. Ionela se acercó hasta la ventana. Cuando entraron en la furgoneta, regresó junto al portero, que estaba descompuesto.

—Creo que he visto el rabo entre la basura. ¡Sal, maldita!

Ionela le concedió unos minutos de cortesía, y cuando se cansó, lo volvió a echar cordialmente.

—Daré cuenta a la comunidad.

—Se lo diré a los dueños.

—Habrá que desinfectar el edificio.

—Nunca viene mal una desinfección general.

—¿Te queda mucho?

—No. Diez minutos.

—Bien.

Ionela se quedó a solas en el salón. Pocos minutos antes, sus compañeros, sus hermanos, habían llenado de alegría su puesto de trabajo. Sonrió complacida y terminó de arreglar lo que faltaba. Antes de salir, se giró para comprobar una vez más que la casa había quedado perfecta. Estaba agotada.

Andrés Viñas. Escritor. Página oficial

armonia@andresvinas.com

Andres Viñas. Escritor

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