Necesito librarme de una culpa que no me pertenece porque solo por ella me sigo ahogando en una penuria que solamente tú mereces. Has hecho de mí mi propia víctima y verdugo, pero yo nunca fui jueza porque solo tú y tu inútil cobardía dictasteis mi tan injusta sentencia. Hoy quiero salir de una prisión que no merezco, pero yo no soy como aquellos que tras veinte años de condena entran en prisión sabiéndose inocentes y acaban siendo, aunque sea tarde, liberados, porque me hiciste sin yo saberlo cómplice de tu osadía, te encargaste de esconder esa llave que durante tantos años manejaste, la única llave por la que algún día creíste manejarme a mí, y creíste bien, porque lo que hiciste fue una obra maestra al convertirme a mí misma en el verdugo de mi propio asesinato. Ahora arrastro la condena buscando desesperadamente escapar de un crimen que no cometí, y sin embargo soy yo misma quien se impone un castigo por un crimen que solo tú cometiste.
Me ahogo y me falta el aire, porque no solamente soy víctima y verdugo de un crimen que no merezco, soy yo misma mi propia prisión, y esa fue tu obra maestra, asfixiarme hasta tal punto que hoy solo puedo coger aire escapándome de mí. Yo no merezco sentirme culpable y aun así me culpo por querer vivir, me culpo por la dulzura que me es propia y de la cual hiciste injustamente la más lúgubre amargura, porque te encargaste de amargar cualquier asomo de dulzura y hoy me culpo por buscar lo que injustamente me quitaste… mi inocente dulzura, eso tan preciado para mí.
Pero yo no busco venganza, yo no busco cargarte con el peso del rencor que injustamente cargo, porque desearte lo más mínimo sería hacerte un homenaje que te aseguro, no mereces. Me he prometido a mí misma que no sentiré el odio que tú en cambio sí sentiste, porque yo no merezco tomarme el veneno y esperar a que mueras, yo no me merezco envenenarme. Lo que me merezco es poder vivir libremente sin recibir ni un solo castigo por ello, y sin embargo es al castigo a lo que hoy día sigo temiendo. Pero la injusticia no fue esa, la injusticia fue culparme por un crimen que no merezco, ser víctima y verdugo de mi propio asesinato cuando solo tú fuiste la juez de mi tan triste condena. Y aun así tengo la valentía de abrazar un miedo que no merezco, porque el miedo a hacerte daño es la prueba de mi dulce inocencia. Hoy soy yo quien dictamina tu sentencia, pero yo solo te devuelvo lo que injustamente me entregaste: el peso de una culpa que nunca merecí, y por eso será siempre una dulce sentencia.
